IMGP0595

Adams, en su libro “The Salmon of Doubt” (2002) planteaba que todo aquella tecnología que existe cuando una persona nace es simplemente parte del entorno natural, constituye el ecosistema en el que a uno le ha tocado vivir. Ahora bien, todo aquello que se crea mientras un sujeto tiene entre 15 y 35 años de edad se convierte en la promesa de un futuro venidero. Es decir, puede transformarse potencialmente en la tecnología a la que el individuo dedique toda su vida profesional. Sin embargo, agrega el autor, el problema surge con todo aquello que se crea cuando se tiene más de 35 años de edad. Es en ese momento cuando todo lo nuevo parece atentar contra el supuesto “orden natural de las cosas”, puesto que entonces la adaptación y actualización puede costar muchísimo más trabajo.

La apropiación de la tecnología, tal como la innovación en general, no es un estado preestablecido o condición sine qua non, sino que es un proceso que requiere de una constante adaptación y en el que interactúan numerosos factores. La apropiación -llamada por algunos ‘domesticación’– no puede ser entendida como un concepto estático ni unívoco, sino más bien como una dimensión dinámica que varía sustancialmente dependiendo de las interacciones con otros individuos y sus contextos. Una apropiación no tendrá que ver ni con edad, ni con cantidad de horas que se utiliza una tecnología sino que con la capacidad de lograr un uso que genere algún tipo de valor (sea cual sea, ya sea social, económico, emocional, etc)

La relación de la sociedad en general y los individuos en particular con la tecnología, siempre ha sido compleja, impredecible y transformadora. El caso de las tecnologías de información y comunicación (TIC) no es la excepción. Sin embargo, ahora la gran diferencia es que las actuales herramientas digitales evolucionan mucho más rápido y van estableciendo nuevas jerarquías de usuarios (ej: usuarios esporádicos, usuarios que se limitan al uso en tareas laborales o usuarios nómadas que consumen tecnología a través de múltiples pantallas, entre otros). Hoy es posible observar que se alteran las tipologías tradicionales bajo las cuales se comprendía la relación entre persona y dispositivo.

Aquí resulta oportuna, por ejemplo, la propuesta conceptual y taxonomía que desarrolló David White (2011) al plantar una distinción (no excluyente de otras) entre “visitantes” o “residentes digitales”. Esta conceptualización se basa en la idea de que los usuarios se involucran en actividades de índole socio-tecnológicas dependiendo del contexto y las motivaciones, más que de la edad o la experiencia que tengan. Esto resulta especialmente evidente tras la llegada de los medios sociales. Aquí las prácticas digitales de los ‘visitantes’  son más funcionales, puesto que son acciones privadas, individuales y orientadas a metas concretas. Mientras que los ‘residentes’ invierten buena parte de su tiempo en la red, puesto que su actividad además de ser más social busca constituir o consolidar comunidades y dejar huellas de su interacción con otros. Desde esta perspectiva estas distinciones se establecen desde el prisma del contexto y no están limitadas a aspectos como la edad o la destreza.

A la luz de los análisis, expuestos en esta obra, sobre la relación entre tecnología y sociedad es posible aprender de los errores del pasado. Por ello es que resulta tan relevante desarrollar una “madurez digital” que nos permita no solamente contar con una ciudadanía diestra en el uso de dispositivos sino que también capaz de adoptar una postura crítica frente al uso de estos instrumentos (tanto desde lo tecnológico como desde lo político y cultural) que dé luces para pensar en nuevas formas de participación y expresión ciudadana. Esta madurez busca un debate más complejo y relevante que muchas de las dicotomías hiper reduccionistas que han existido hasta ahora (ej: info-ricos e info-pobres; tecno-optimistas versus tecno-críticos; nativos versus inmigrantes, alfabetizados versus analfabetos, usuarios de software libre versus software privativo, etc.).

2m8BXUfrioup6b7v2ALhgSaBo1_500

Esta “madurez digital” también nos ayuda a entender a las tecnologías como facilitadoras de procesos pero no necesariamente como agentes de cambio en sí. Tomando en cuenta esto, es clave atender con detención los complejos procesos de adaptación y adopción que se producen a raíz de la creciente retórica pro-tecnología. Para ello, es fundamental desarticular mitos y derribar falsos silogismos: ni acceso a la tecnología puede entenderse como uso de ella; ni uso puede entenderse como adopción (ni menos como apropiación). Bajo el contexto aquí analizado es fundamental construir un nuevo léxico que nos lleve a repensar algunas de las distinciones conceptuales, por ejemplo: la cada vez más difusa distinción entre estar off y on line; la diferencia entre estudiar en la escuela y aprender en Internet; las distinciones entre vecindad y ciudadanía digital, los límites entre la vida privada y pública, la diferencia entre red social y capital social, entre otros.

Como es sabido, en nuestros tiempos existe una exagerada expectativa en relación a los impactos que desarrollarán las tecnologías en la vida moderna (¿prótesis o tótem?). Existe una sobredimensionada esperanza y casi fe (en algunos casos) de que estas “nuevas” herramientas abrirán las puertas de la inclusión, la globalidad, la democratización de la información e incluso de la auto-formación a un gran sector de la población. Sin embargo, los primeros veinte años de internet, tal como lo conocemos, han arrojado resultados desiguales, complejos y muchas veces antagónicos. Mientras Internet ha sido una plataforma de voz para la ciudadanía al mismo tiempo ha sido el panóptico de Foucault donde nadie se esconde y todo se vigila. Entonces, podríamos interrogarnos, ¿Internet mejoró nuestra calidad de vida o simplemente la cambió? ¿Puede Internet convertirse en una herramienta de cambio social?

Es tiempo de repensar la fijación de muchas políticas públicas centradas en medir impactos, cuando muchas veces estas mediciones pueden resultar arbitrarias, reduccionistas y se enfocan en lo que se puede medir y no necesariamente en lo que se necesitaría analizar (ya sea por dificultad metodología, recursos económicos o simplemente por limitaciones de tiempo).

Es una realidad que los dispositivos digitales se hacen cada vez más móviles, intuitivos y en alguna medida invisibles. Las tecnologías por sí solas no son agentes de cambio. A pesar de las promesas y expectativas de la ‘sociedad en red’, los cambios profundos son producto de transformaciones culturales más complejas dentro de las cuales las TIC juegan parte dentro de un concierto mucho más vasto. Pero al mismo tiempo, (y aunque parezca aparentemente contradictorio) tampoco son plataformas que pueden ser consideradas neutras. Hoy existen organizaciones, comunidades, empleos, corrientes de pensamientos que serían impensables sin la existencia de la otrora ‘supercarretera de la información’.

Desde la perspectiva de las políticas pública las agendas digitales, al igual que el ecosistema digital en general han ido cambiando significativamente y en ciclos cada vez más breves. Hoy hay profundos desafíos, no solamente en cuanto a reducir la brecha digital (tradicional) de conectividad, pero también las brechas de uso (que comprenden la alfabetización informacional y digital, la habilidad de generar contenidos, la capacidad de generar nuevos emprendimientos con dispositivos, la protección de la privacidad, entre muchas otras).

Un análisis más detenido de las brechas y segregaciones que las TIC generan no puede ni debe remitirse únicamente al acceso a dispositivos. Tampoco puede analizarse únicamente desde el prisma de las habilidades digitales si es que ello ignora el valor que juegan las TIC para aspectos como generar contenidos relevantes desde lo local; favorecer el intercambio y la co-producción de conocimiento socialmente distribuido entre otras.

En términos generales, la penetración de Internet ha aumentado, los costes de los dispositivos se han reducido, la destreza en el uso de tecnologías digitales también se ha ido desarrollado. Sin embargo, en una sociedad de consumo sería errado creer que estamos al final de las brechas, puesto que es más que probable que surgirán nuevas y más complejas formas de reestructurar nuestra vida en comunidad.

 

¿Puede Internet convertirse en una herramienta de cambio social?
Tagged on:     

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *